Claudia Rusch

Cuando me preguntan cómo era vivir en la RDA, suelo responder con una contrapregunta: "¿Ha leído Harry Potter?" 

Aprovecho el consabido momento de perplejidad para citar una de las frases más inteligentes y apropiadas que conozco acerca de la vida cotidiana en una dictadura. La he sacado de una de las últimas páginas de "Harry Potter y el Cáliz de Fuego". En este libro, el director del colegio, en vista del retorno del mal, intenta preparar a sus estudiantes para afrontar la desgracia que se avecina. "Llegará un momento", dice Albus Dumbledore, "en el que tendréis que elegir entre lo que es correcto y lo que es cómodo".

La elección entre lo que es correcto y lo que es cómodo, éste es justamente el dilema moral ante el que se hallaba la gente en la RDA. Es el dilema al que se enfrentan todos los habitantes de Estados totalitarios. ¿Correcto o cómodo?

En la RDA no había nadie que no conociera el rígido orden de la vida pública y que no fuera extremadamente consciente de sus acciones y las posibles consecuencias. Nos condicionaban desde niños a vivir con las habituales intimidaciones diarias dentro del país. El autocontrol acompañaba cada acto en público como un reflejo, sin que apenas te dieras cuenta de ello. Había incluso un término para definirlo: gelernter DDR Bürger (ciudadano cualificado para la RDA).

No obstante, la mayoría intentaba vivir de la manera más honesta posible en aquellas circunstancias. Esto no era fácil. Casi todos quisieron rebelarse en algún momento, muchos lo hicieron a través de pequeñas cosas, pero sólo unos pocos encontramos el valor para llamar las cosas por su nombre e intentar cambiarlas de forma concreta. Quienes lo hacían, sabían que sufrirían espionaje, represalias, exclusión, disgregación y penas de cárcel. 

El que ahora retrospectivamente se considere con frecuencia que la RDA era un país inofensivo, colorido y alegre (algo que no fue así ni siquiera un minuto durante 40 años), tiene que ver con el hecho de que sus habitantes no conciben verse como integrantes activos o pasivos de ese régimen, sobre todo, no pueden reconocérselo a sí mismos, supongo; no obstante, en este caso, el hecho de haberse decidido por la vía fácil y cómoda no es algo que deba ser juzgado de forma generalizada. Lo que importa no es la culpa de muchos, sino el impávido compromiso de algunos. En vez de incriminar a la multitud adaptada de los ciudadanos de la RDA, considero más importante, 20 años después de la revolución pacífica, ensalzar y honrar a quienes renunciaron al usual oportunismo. Aquellos que en un momento dado de su vida en la RDA dejaron de colaborar, dijeron que no y se opusieron activamente. Querían cambiar la RDA y lo pedían alto y claro, algunos incluso mucho tiempo después de que les hubieran obligado a abandonar el país.

Todos ellos se decidieron por lo correcto en vez de lo cómodo. Una decisión infinitamente más difícil de tomar que la de elegir entre lo correcto y lo incorrecto. 
Estas personas que constituyeron lo que hoy se conoce como "movimiento ciudadano", "oposición" o "resistencia", y que en aquel entonces recibían calificativos más denigrantes, abrieron el paso a nuestra libertad. La libertad, entre otras cosas, de opinar sin miedo a las represalias. La nueva capacidad de autodeterminación incluye también a aquellos que creen que el retocar cosméticamente los recuerdos puede ayudarles. ¡Que lo hagan! La vida está de nuestra parte.

Claudia Rusch

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