source: Robert-Havemann-Gesellschaft/Dirk Vogel
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Gesine Oltmanns

born 1965 in Olbernhau

“Yo no estoy hecha para ser un personaje público”, afirma Gesina Oltmann, lo cual es totalmente cierto si tomamos como punto de partida como vive actualmente. Lo particular de su vida hoy en día tiene lugar sólo en su esfera privada; en una casa en Leipzig-Connewitz, donde vive con su marido, a quien ya conociera en tiempos revolucionarios en la privacidad de un piso compartido.

Gesine Oltmann se ha caracterizado siempre por hacer las cosas hasta el final o por no hacerlas en absoluto. Llegó a Leipzig en 1983. No la aceptaron para estudiar Biología a pesar de solicitarlo varias veces. Trabajó para diferentes entidades, entre ellas, la organización Volkssolidarität (solidaridad popular), Correos o la Deutschen Verlag für Musik (Editorial Alemana de Música).

A partir de 1987 se convirtió en una persona imprescindible para la revolución pacífica. Cuando el poder del Estado registró la Umwelt-Bibliothek (Biblioteca sobre el Medio Ambiente) de Berlín, la joven supo que tenía que hacer algo. A partir de ese momento, no fue sólo una simpatizante, sino una abanderada, y participó en la planificación de acciones en pro de los derechos civiles. “La opinión pública siempre fue muy importante para mí. Quería provocarla para que expresara su opinión y tomara partido”, recuerda Oltmann. 

El ver cómo la resistencia civil no paraba de crecer fue lo que más le motivó: “era como una hormona de la felicidad que también aumentó nuestra autoprotección”. Esta experiencia hizo que en 1989 retirara la solicitud de salir del país que había presentado la primavera anterior, para sorpresa y enfado de las autoridades. “Presentía que algo iba a cambiar”. La realidad y el absurdo a menudo iban de la mano en muchas de las acciones. Absurda fue la situación en la que los defensores de los derechos civiles, durante un festival de cine documental celebrado en otoño de 1988, soltaron globos que llevaban escritos los títulos de las películas que el Estado había prohibido. Los miembros de la Stasi saltaban como locos para intentar explotar los coloridos mensajeros de la verdad. Muy real fue, en cambio, la situación durante la protesta pública del 4 de septiembre de 1989. El Estado no se atrevió a intervenir durante la misa del lunes, a diferencia de lo que sucedería una semana después. Gesine Oltmann tuvo suerte de que no la detuvieran: “El 18 de septiembre estaba exultante de esperanza. Las cadenas de policías se retiraban por primera vez del patio de la iglesia Nikolaikirche, cientos de personas cantaban la internacional. Todavía se me pone la piel de gallina”.

La evolución a partir del 9 de octubre, el rápido cambio que se produjo de “Nosotros somos el pueblo” a “Nosotros somos un pueblo”, ya no concordaba con sus ideas. Además, tenía la sensación de que su continua e intensa labor al borde del abismo le estaba pasando factura. “Ahora les toca a los demás”, se dijo. 

No ha leído su acta de la Stasi. Le supone demasiado esfuerzo. Su trabajo en la Administración de Gauck también contribuyó a su desinterés. En dicha administración, a principios de los 1990, Gesine Oltmanns se ocupó día tras día de la herencia de la RDA. Cuando llegó incluso a verse en sueños encontrando las actas de la Stasi del famoso director de orquesta Kurt Masur, se dijo: “Ya basta”. Hoy en día lo único que le importa son sus hijos.

Thomas Mayer

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