source: Robert-Havemann-Gesellschaft/Dirk Vogel
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Rainer Müller

born 1966 in Borna

“Lo que yo hice era lo que consideraba obvio que había que hacer”,dice Rainer Müller, que se crió en Benndorf, cerca de Frohburg, en una familia de creencia cristiana. Sus padres trabajaban en un cooperativa agrícola; él fue desde siempre un hijo gruñón. No le hicieron ninguna Jugendweihe (ceremonia de iniciación a la adultez). Cuando cursaba noveno, distribuyó el parche Schwerter zu Pflugscharen (convertid las espadas en azadas), lo cual, por motivos poco convincentes, le impidió seguir estudiando hasta la selectividad, a pesar de ser el mejor estudiante.

Müller era famoso por hacer preguntas. A veces pasaba de ir a clase y volvía loco a su profesor de formación cívica. El poder del Estado tomó medidas. Siendo como era, no le quedó más remedio que estudiar albañilería. Superó el examen de especialista con notable. En la escuela de formación profesional incluso le honraron públicamente colocando su retrato en la Strasse der Besten ("vitrina" de los mejores). A pesar de todo, no dejó de ser un contestatario, lo cual quedó patente, entre otras cosas, en su participación en una manifestación para pedir mejores condiciones de trabajo, en su solicitud de hacer el servicio como soldado constructor, en su objeción total al servicio militar y en la prohibición de ejercer su profesión y desempleo en contra de las leyes del Estado de los obreros y campesinos.

Müller estaba predispuesto a pelearse. El Día Mundial de la Paz de 1987, hizo un llamamiento en la misa en la iglesia Marienkirche de Borna a boicotear el trabajo en las minas de hulla y no seguir contribuyendo a la destrucción del medio ambiente. Interpretó el texto Sag nein (di que no) de Wolfgang Borchert, que el poeta había escrito cuando regresó a Hamburgo tras la dolorosa experiencia de la II Guerra Mundial –di que no cuando tengas que lanzar granadas, di que no cuando tengas que disparar, ‟di que no”, urgía Müller, “cuando destruyan tu tierra”. La resistencia para alguien como él no era una diversión de juventud, sino algo serio y vital. ¿Su máxima? “No queríamos que ese país se viniera abajo”. Todo los que se comprometieron como él lo hizo sabían que tenían un pie en la cárcel. “No sabíamos ni queríamos hacer las cosas a medias”.

Müller conoció todas las variedades de sanciones estatales: detención e interrogatorio, prohibición de acceso al centro de la ciudad y arresto domiciliario, vigilancia y multas. En las actas de la Stasi figuraba bajo el procedimiento operativo “martir”. El 1 de mayo de 1987, él y sus aliados ya acudieron a la manifestación con pancartas en las que aparecían citas de Michail Gorbachov del Sputnik o de periódicos soviéticos. El lema era: “Necesitamos la democracia como el aire para respirar”. Otro era: “El pueblo necesita saber toda la verdad”. En 1989, Müller y sus amigos defensores de los derechos cívicos, Uwe Schwabe y Frank Sellentin, sostuvieron al final de un congreso de la Iglesia protestante una pancarta que decía “democracia” en alemán y chino. Era su protesta contra la sangrienta disolución de la manifestación en la plaza de Tien An Men de Pekín.

A partir de 1988, Müller recibió un sueldo por sus actividades de las arcas del grupo de trabajo Gerechtigkeit (Justicia) de Leipzig, creando el fenómeno del revolucionario a tiempo completo.

Hoy es un historiador autónomo y participa en numerosos ámbitos sociales.

Thomas Mayer

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