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source: Robert-Havemann-Gesellschaft/Frank Ebert
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Wolf Biermann

born 1936 in Hamburgo

Wolf Biermann, el poeta, el cantante, se entristeció cuando los ciudadanos de Leipzig descubrieron en 1989 que ellos eran el pueblo y no los viejos ambiciosos del politburó. Sí, se sintió también algo ofendido: Escarmentado por la situación en la RDA, la injusticia y las mentiras, se había quedado prácticamente afónico cantando la verdad sobre el país al que llegó de joven en 1953 y en el que depositó sus esperanzas. En 1976 le echaron como si fuera un pez envenenado y tuvo que ver entonces, desde su exilio en su ciudad natal, Hamburgo, cómo sus fieles amigos echaban de sus puestos a sus igualmente fieles enemigos. Estaba furioso, furioso de alegría y furioso de envidia, una envidia sana que no le impedía alegrarse de la victoria de sus amigos. Se lamentaba de la injusticia de que él tuviera que ser un mero espectador cuando se cumplía su sueño de que el pueblo se apropiara de su libertad y derrocara a los déspotas.

Como si le hubieran tenido que decir al gran alentador: Wolf, viejo amigo, nunca estuviste lejos y nunca has servido para ser espectador. Tú no te fuiste, sino que fueron ellos quienes te apartaron. Quién sabe si con ello prolongaron o redujeron su miserable poder. Lo que sí sabemos es que eran demasiado débiles como para seguir soportándote. Pero se equivocaban: esto no les reforzó a ellos, sino a nosotros. Y cuando los días se nos volvieron amargos, fue tu aliento el que hacía eco en nuestros oídos como bálsamo contra la amargura. Y las flores de la paz sobre las que tú cantabas florecían en los charcos. Bueno, puede que en 1989, desbordados por la euforia del momento, no fuéramos capaces de "atar bien atados a los inmensos cabrones de los déspotas". Ahora vuelven a estar ahí, los lacayos que en su día se agazaparon en sus agujeros. 

Pero Biermann también vuelve a estar ahí, casualmente, con su guitarra. Canta, explica el mundo, ahoga a sus fieles enemigos con el escarnio de sus versos, los perpetúa en el ámbar de las baladas, evita que sean olvidados.

Bernd Florath

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